Así como a la mujer samaritana, danos de beber de esa agua, Señor. Sedienta está nuestra alma, herido nuestro corazón, pues en el mundo solo hallamos tristeza y decepción. Danos de esa agua, Señor, y hallaremos vida eterna y restauración. Cuando revelaste tu nombre, todo cambió en mi ser, me salvaste de las puertas de la muerte física y espiritual. Sanaste mi vida, lavaste mi corazón, y en mi arrepentimiento encontré tu redención. Como aquel ciego de nacimiento, perdido en la oscuridad, nuestra vida era un grito pidiendo la oportunidad de ver la luz de la verdad que solo en ti podemos hallar. Cuando revelaste tu nombre, todo cambió en mi ser, me salvaste de las puertas de la muerte física y espiritual. Sanaste mi vida, lavaste mi corazón, y en mi arrepentimiento encontré tu redención. Ni el juicio del mundo, ni mis propios errores, pueden alejarme de tus brazos, Señor. Tu gracia me llama, me invita a volver, y en tu cruz encuentro mi nuevo amanecer. Cuando revelaste tu nombre, todo cambió en mi ser, me salvaste de las puertas de la muerte física y espiritual. Sanaste mi vida, lavaste mi corazón, y en mi arrepentimiento encontré tu redención. Tú eres el agua, la luz y el perdón, mi refugio eterno, mi fiel Redentor.