Julia Pt. 11-文本歌词

Julia Pt. 11-文本歌词

Daniel Donamaria
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Faltaban cinco minutos para las dos de la tarde cuando llegué a la plaza. Con las manos en la espalda observé el monumento de granito. El tono terracota quedaba bien en el caballo, pero no en el general que lo montaba, ni en su sable corvo extendido hacia el cielo. Igualmente se trataba de una escultura bien hecha. Los rasgos del prócer se distinguían claramente: su nariz aguileña, sus pómulos altos, su figura firme. El caballo era exquisito. Estaba parado sobre sus patas y su actitud era desafiante. El general que lo montaba y él, eran un solo ser, como si el caballo también estuviera munido de los ideales del Libertador. Y en sus ojos del caballo pudiera verse el mismo anhelo de independencia. Así recuerdo que nos decía la maestra. Todos los años visitábamos la plaza del pueblo. Desde primero a séptimo grado.

Miré el reloj. Habían pasado diez minutos de las dos de la tarde. Decidí sentarme en el banco de madera que había junto al monumento. Observaba los árboles, el camino anaranjado en cruz hacia el monumento en el centro exacto de la plaza. A mi espalda estaba la iglesia y a mi frente el palacio de gobierno. La escuela a la que yo iba quedaba a pocas cuadras de allí. Los niños salíamos tomados de la mano en fila, todos los varones del lado de la calle, todas las niñas del lado de las casas. Cuando cruzábamos las calles, la maestra se adelantaba y detenía el poco tráfico que circulaba por aquel entonces. Luego llegábamos a la plaza y nos hacía sentar en torno al monumento. Hablaba del Libertador, de sus hazañas, de su nobleza, de su hija Merceditas. Alguno de nosotros leía un poema y volvíamos todos al colegio. No nos dejaba ir a los juegos. A mi no me interesaba demasiado ni una cosa ni la otra, sólo esperaba que la escuela terminase para ir a tocar el piano.

No sabía en qué dirección mirar. Esperaba verla que llegaba en cualquier momento. Hasta trataba de quitarla de mi mente para que su aparición me sorprendiera. Pero no podía. Eran ya las dos y media. Las copas de los árboles que en fila enmarcaban el camino de la plaza, se mecían suavemente. Las hojas verdes más altas se agitaban un poco como una pandereta. Muy poca gente se veía en la calle. Aquí todos duermen la siesta. Cuando las tres campanadas de la iglesia avisaron de las tres de la tarde, comencé a pensar que quizás Paula no vendría y me levanté del banco con una tristeza que me viajaba del estómago al pecho. Tenía que verla. Pero ¿cómo hacer? No me quedaba sino ir a su casa. Aunque no sabía dónde ir ya que ella me había dicho que la casa de sus padres no existía más, la habían tirado abajo para hacer un hotel ¿Y si se había equivocado de hora? Decidí darle otros veinte minutos y volví a sentarme. Ahora el tiempo pasaba cada vez más lentamente. La iglesia había dejado de anunciar con sus campanadas, los cuartos de hora y cada vez que miraba el reloj, las agujas parecían haberse detenido y el minutero se había clavado entre el II y el III para quedarse a vivir allí.

Iría a la casa de Paula. A esa que yo conocía. No podía haber otra. Caminé rápido, casi corriendo. No podía perder más tiempo. Cuando crucé la calle de la esquina de su casa, noté que no me había mentido. Un coqueto hotel de tres plantas de nombre Plaza, se erguía con cierta elegancia. Su color rosa viejo, sus ventanas blancas, sus pequeños balcones, no era lo que yo hubiera deseado ver. Desanimado desandé el camino y volví a casa de mis padres. Al pasar por la plaza, me detuve allí unos minutos, a observarlo todo por última vez. Llegué a mi casa pasadas las cuatro. Subí las escaleras para ver qué hacía mi hija. Todavía estaba encerrada.

-Ya volví- le dije después de dar algunos golpes en su puerta, que seguía sin abrirse, mientras su voz desde dentro me contestaba:

-Hi, daddy.

Decidí no molestarla más. Tampoco saldría. Así que me puse a tocar el piano. La primera hora fueron escalas para practicar la técnica, la fuerza de los dedos, la posición de la espalda, el cuello y la cabeza relajados, los brazos amplios. El sonido del piano no estaba tan mal pero su mecanismo era imposible. Igualmente sonaba latoso. Lo que sí el si bemol de la doble línea adicional debajo del pentagrama en clave de fa daba un sonido indefinible, como si se golpeara un calefón con un palo de madera. Algunas notas graves no apagaban. Del registro agudo, algunas notas estaban desafinadas. De las escalas pasé a algunos estudios y, por fin, cuando ya caía la tarde, me puse a improvisar.

Primero fueron acordes. Lentos, graves, pesados. Imaginaba un sonido que el piano no me devolvía. Con mi mano derecha fui esbozando una melodía suave, dulce, algo impresionista. En mi mente imaginaba el fluir del río, sus aguas calmas. Me detuve. No quería imágenes, sólo música. Repetí el tema ahora cambiándolo de registro. Súbitamente ataqué arpegios, la cara de Paula se me había dibujado en la cabeza. Cobarde. ¿Por qué no había venido? Las notas fueron fluyendo de a una sin un orden en particular o una serie o una escala...