Mi hija ya estaba de pie frente al piano.
-It’s done, daddy.
- ¿Qué? – le pregunté como saliendo de un sueño. No sabía de qué me hablaba.
- La sorpresa.
-Ah – me reí comprendiendo- cuánto misterio. ¿Ya puedo verla?
Y la seguí por la escalera con paso curioso. La puerta de la habitación ya estaba abierta. Dentro el caballete armado, la paleta y las pinturas en el piso y en el bastidor la tela. Era un paisaje de río. La playa donde habíamos estado el día anterior. Las copas de los árboles verdes y coloradas protegiendo la tierra, dando su forma al agua que fluía tranquila y reposaba en aquel recodo. Era una pintura preciosa. Me puse a llorar. Mi hija me tomó de la mano y apoyó su mejilla casi a la altura de mi hombro.
- Gracias Julia – fue lo único que pude decir.
Contemplamos en silencio la obra y al cabo de unos instantes, me dijo en perfecto castellano:
-Quiero que lo lleves con los abuelos.
Se refería a mis padres.
El miércoles por la mañana, decidí visitar por última vez la tumba de mis padres en el mausoleo familiar para cumplir con el recado de mi hija, por la tarde vendría a buscarnos mi esposa y nos iríamos a la ciudad para ya no volver. “Quiero que lo lleves con los abuelos” me había dicho en perfecto castellano. La pintura representaba un paisaje del río cercano al pueblo que habíamos visitado, el río en el que yo había crecido. Una adolescente de trece años con motivos impresionistas. Mi hija era un tanto especial, aunque tremendamente popular y llena de amigos. Ya los haría aquí, no me cabía duda de ello.
Yo no era así a su edad, pensaba mientras cerraba la puerta del mausoleo y me guardaba la llave en el bolsillo. No era popular ni estaba lleno de amigos. Sólo tenía a Paula. Con las manos cruzadas tras la espalda, recorrí cabizbajo las callejas del cementerio. Fue entonces cuando vi la cruz y la inscripción en la lápida. Paula Martinucci, tus padres, tu hermana van a extrañarte. Me acerqué aterrado. Midiendo los pasos. ¿Era posible? De pie ante la tumba, volví a leer la lápida. Paula Martinucci, tus padres, tu hermana van a extrañarte. Y los años 1965-1991. ¿Paula estaba muerta? Un frío helado me subía por el cuerpo. Y justo cuando empezaba a hacer elucubraciones sobre los fantasmas, las alucinaciones, lo real, lo imaginario y todas esas estupideces, fue que vi las fechas en la lápida y lo comprendí todo. Y también vi a la hermana gemela de Paula, tan increíblemente igual a ella, que caminaba hacia mí, arrastrando los pies, casi sin mirarme. Mi primer impulso fue gritarle, insultarla: loca de mierda, quién te creés que sos, qué carajo te pasa. Pero me contuve. Sobretodo al recordar su tatuaje. Y repasé mentalmente toda aquella jornada. Al fin y al cabo, ella sólo había aprovechado la situación. No se había presentado como Paula, yo las había confundido. Ella, simplemente, me había dejado hacer. Un poco morboso, es cierto, pero no quise mostrarme ofendido. Ni tampoco que notara mi sorpresa. Quise que pensara que ya lo sabía y que simplemente me había limitado a seguirle el juego. Por lo que, cuando estuvimos frente a frente, le dije con tranquilidad:
-¿Cómo fue?
-Suicidio. Se ahogó en el río.
Y cuando yo estaba a punto de acotar algo, ella agregó:
-No te preocupes, nada que ver con vos.
No insistí. No lo creía, pero lo dejé pasar. Sonaba como a consuelo, un poco para mí, un poco para sí misma. Ella también comprendió todo sin necesidad de explicar nada. Ahora estábamos los dos, hombro con hombro, contemplando en silencio la tumba.
-¿Venís seguido?- le pregunté.
-Todas las semanas.
Y agregó: bah, siempre que puedo.
Y agregó también, con cierta sonrisa oscura y cómplice: ya conocés el lazo tan fuerte que une a las gemelas.
-Pasé por tu casa.
-Por el hotel- dijo ella.
-Si.
-Lo hicimos con la plata de la herencia de mi padre.
-Ah.
-Lástima que no entraste. Yo soy la recepcionista.
Se me hizo un nudo en la garganta, pero no dije nada. Ella había faltado a su cita y me decía esto. Yo tenía los brazos caídos al costado del cuerpo. El sol descendía vertical a nosotros y hacía bastante calor. Me tomó de la mano. Un escalofrío volvió a recorrerme, pero me aferré al tacto de su piel. Iba a preguntarle por qué me había dejado plantado, pero no me animé a hacerlo, por lo que dije:
-Una locura, tan joven.
Ella sonrió y asintió con la cabeza.
-La gente joven debería tener prohibido morirse.
-Es verdad- dijo.
Fue entonces cuando me lo preguntó:
-No te debés acordar de mi nombre, ¿no?
No le dije nada, lo cierto es que no, que no lo recordaba.
-Julia, como tu hija.
Continué en silencio. No sabía qué decirle. Era una casualidad, claro. El nombre lo había elegido mi esposa fanática de John Lennon.
- Pedile disculpas a tu hija. No pensé…- me dijo Julia.
La miré y quité suavemente de su mejilla, una lágrima que acababa de caerle. Ella apoyó su otra mejilla sobre mi hombro. Y nos quedamos largo rato en silencio, antes de irnos de allí.