No pude sacar mucho más de Paula aquella noche. No quiso hablar de su hermana, de su breve esposo, de sus padres. No insistí demasiado con las preguntas. Trataba de mecharlas cada tanto, casualmente en la conversación, pero ella no decía nada como la típica “¿ese reloj te lo regaló tu esposo?” y cosas así. Pero la única respuesta que obtuve fue sobre su abandono de la música: “sin vos no tenía sentido” y luego hizo un movimiento con las manos, como si espantara moscas delante de su cara. No le recordaba ese gesto.
De lo que sí me habló fue de su perra. Una cocker dorada que se llamaba Arwen, y aclaró: “como la princesa de El señor de los anillos, ¿te acordás?”. Pero yo no lo recordaba. Nunca había leído ese libro. Cuando se lo dije, Paula me miró con cierta desconfianza y luego se encogió de hombros: “pensé que sí”. Me sorprendía y me molestaba un poco que nuestros recuerdos más importantes parecieran ser tan disímiles. “¿Querés un poco más de vino?”, le ofrecía y ella extendía grácilmente su copa con una sonrisa marcada en los labios. Y volvía a hablar de su perrita. Que era preciosa, aunque histérica. “Los cocker son como eternos adolescentes” fue su sentencia y luego me contó que una vez casi la muerde a su mamá (única mención que hizo de su madre) porque “cosa que cae al piso, es cosa de ella, tenés que verla” y a su madre se le había caído una media. Así que de todo lo que quería saber sobre los veintipico de años de su vida, estuvieron resumidos en un pequeño cachorro de cinco kilos.
En determinado momento miró su reloj y dijo:
-Qué tarde.
No respondí, simplemente asentí con la cabeza.
-Tengo que sacar a pasear a Arwen, si no me ensucia toda la casa.
Le sonreí.
-¿Usás la bolsita?- le pregunté con cierta mueca de asco.
Soltó una carcajada y dijo: “claro”.
-Por eso no tengo perros –dije.- Solamente imaginarme el levantar los soretes del piso…
Y Paula volvió a reír.
-Sí, no es algo agradable, pero te acostumbrás.
-Encima recién hechos… qué asco.
Pero me contuve de seguir.
-Perdón, me puse muy escatológico.
Atravesamos en silencio la sala en penumbras. Paula pasó el dorso de su mano derecha por la tapa del piano. Arrastraba los pasos, como si no quisiera irse.
-¿No te podés quedar un rato más? – le pregunté.
Ella dudó un instante, pero contestó luego con firmeza:
-No, no, ya te dije, mi perra.
Cuando abrí la puerta para despedirla, le dije:
-Pero vamos a volver a vernos antes que me vaya, ¿no?
Ella no dijo nada y me abrazó suavemente. Cuando deshicimos el abrazo, despegándonos poco a poco, como la lámina viscosa de una calcomanía, nuestras caras quedaron a la misma altura y no pude evitar besarla en los labios. Paula al principio trató de esquivarme, pero luego se entregó. Cuando abrí los ojos, otra vez estaba su cara preciosa llena de rubor que me miraba a través de los cristales de sus lentes. Volví a abrazarla, esta vez con más fuerza.
-Veámonos mañana – susurró en mi oído.
-Dale, ¿dónde?
-En la plaza, después del mediodía. Encontrémonos al lado del monumento – dijo separándose de mi abrazo.
-Bueno ¿a las dos?
-A las dos.
Y se dio vuelta como para irse, pero luego pareció arrepentirse.
- Solos, ¿no?
-Sí, solos – le dije.
Ahora sí, Paula apretó mis manos y se fue perdiendo en la oscuridad. Cerré la puerta y apoyé mi frente en ella por unos instantes. Atravesé la sala acariciando la tapa del piano por la que Paula había paseado su mano hacía apenas unos instantes. Subí la escalera. Lo primero que hice fue ver si mi hija dormía. Luego fui a mi habitación. Traté de leer un poco, pero me resultó imposible concentrarme. Traté de dormir. Apagué la luz, pero di vueltas y vueltas en la cama, tanto que terminé hecho una madeja con las sábanas. Prendí la luz, miré el techo, volví a apagarla, a dar vueltas, aunque en algún momento debo haberme quedado profundamente dormido porque cuando me despertó el timbre de mi teléfono celular, el sol ya parecía estar alto en el cielo y mi hija de pie en la puerta de mi habitación me miraba con cierto fastidio:
-It’s mom, she wants to talk with you.
Mi esposa había conseguido casa en la ciudad. Iba a venir a buscarnos el miércoles por la tarde. Lo del Conservatorio estaba también casi abrochado, pero me había combinado una reunión para el viernes. Sin embargo a mí, lo único que me interesaba en ese momento era volver a ver a Paula. Por eso le contestaba con monosílabos y con un poco de desilusión. Eran cerca de las once del lunes y mi hija se había preparado un desayuno, como de los que ella había comido toda su vida. Aunque no tenía mucha hambre comí un poco para no desairarla. Todavía no había pensado ninguna estrategia para abandonar a solas la casa. No quería que descubriera ningún tipo de intrigas, pero necesitaba ver a Paula. Y a solas. Quizás convencer a Julia de que durmiera una siesta después de comer. Imposible. Nunca lo había hecho.
Después de desayunar, mi hija corrió a encerrarse en su pieza. Casi ni conversamos. Comimos en silencio, con la música de fondo que...